domingo, 14 de agosto de 2016

POEMA "PERDÓNAME, MADRE"

Poema "Perdóname, Madre", originalmente dedicado en mi blog El Brillo de la Tinta el 31 de marzo de 2014, dedicado al dolor que genera el mundo de las drogas en aquellos que más amamos.

Espero que os guste.

PERDÓNAME, MADRE

Perdóname,
madre,
por cuanto te voy a hacer sufrir.
Quise vivir deprisa,
quise correr más rápido que la vida,
y a caer fue lo único que aprendí.

Me busqué las peores compañías,
me enamoré de la más execrable de las mujeres,
y ahora esta pasión de odio y amor
me está consumiendo.

Me casé con ella,
madre,
a ciegas,
sin conocernos lo suficiente,
pero atraído a su cuerpo
por la hipnosis de sus efluvios a loto.
Me dio de fumar de sus labios,
se inyectó en mis venas
hasta corromper mi alma,
y ha tomado completamente
el control sobre mí.

Ya no tengo voluntad,
madre,
ya no tengo frenos ni límites,
más que los que ella desee para mí.
Cuanto más le doy,
más me exige,
y más me entrego,
sin importarme el daño
que os pueda hacer a todos,
os ame,
os odie,
o seáis simples desconocidos.

Robaré,
violaré,
amenazaré,
y mataré si hace falta
para darle lo que ella me pida,
pues es el precio de nuestra conjunción carnal.

Ni tus palabras ni tu amor me detendrán.
No dudaré en robarte el dinero
que con tantos esfuerzos ganas,
ni los ahorros para la vejez
con sacrificio guardado respetaré,
ni los recuerdos y las joyas
de tus ancestros olvidaré
y, ¡ay, madre!,
si me lo niegas,
no me cohibiré
en hacerte el peor de los daños,
en golpearte,
en arrastrarte,
en esconderme cobarde
tras la hoja de un cuchillo,
en amenazarte con arrebatarte
la vida que tú misma
me regalaste al nacer.

Y tú, pese a todo,
llorarás y perdonarás
a esta escoria que no mereció
crecer en tu vientre,
y me abrirás las puertas de tu casa,
me brindarás tu amor,
y comida caliente,
y una cama mullida
en la que poder soñar
que soy libre de este yugo.

Perdóname,
madre,
por todo el daño que te voy a hacer.

Porque me casé con la heroína,
madre,
y la muerte es el anillo de compromiso
que en mi dedo luzco.


© Copyright 2014 Javier LOBO

sábado, 26 de septiembre de 2015

RELATO "SUPERLUNA"

Os presento un nuevo adelanto de otro de mis futuros trabajos. Espero que lo disfrutéis.

Como sugerencia musical, he elegido esta:

FIELDS OF THE NEPHILIM-Psychonaut Demo (1989)


Que lo disfrutéis.

SUPERLUNA



Estábamos agotados. Mi compañero y yo no cesábamos de sudar sin parar, como si hubiéramos corrido una maratón, resollando como caballos.

Miramos la tenebrosa pantalla de oscuridad que se cierne sobre las marismas del Guadalquivir tras cada crepúsculo, cuando el sol ha partido, cuando el mundo entero calla, y parece que se abren las tumbas y salen los muertos de su interior para adueñarse de lo que un día fue suyo.

El que no ha pasado una noche en medio de esas tinieblas, rodeado de sombras que crecen y menguan adquiriendo apariencias tridimensionales, con miles de extraños ruidos cruzando la noche desde cualquier dirección,… Quien no ha vivido eso no sabe lo que es el miedo.

Se abrió el cielo, mostrando una enorme luna rojiza que nos alumbraba con su fantasmagórica luz desde las alturas. Según venían anunciando los meteorólogos, la noche del 27 al 28 de septiembre de 2015, habría una superluna con eclipse total.

Hasta aquel momento no me había acordado.


Nos miramos en silencio, sin decirnos absolutamente nada. Los ojillos de hurón de mi binomio me hablaron sin pronunciar palabra alguna. Yo asentí.

Al unísono, sacamos nuestras armas. La mía, además, tenía acoplada la sujeción para linternas, así que encendí la antorcha de luz que, pese a ser de luz LED, parecía incapaz de disolver la pegajosa y terrible oscuridad que nos rodeaba.

La luz iba a delatar nuestra posición, pero avanzar a ciegas por la marisma, sin un sistema de iluminación era un verdadero suicidio, y la DGP no me paga lo suficiente como para que tenga la peregrina idea de suicidarme en estos pantanos.

A cada paso que dábamos, las cañas y la vegetación crujía bajo nuestros pies, y cientos de criaturas que nuestros ojos no podían captar se iba apartando, escurriéndose ruidosamente por entre la maleza, haciéndola vibrar a su paso, hasta terminar en un lúgubre chapoteo en las oscuras y frías aguas del serpenteante meandro del Guadalquivir.

La casona se dibujaba nítidamente, pero sus volúmenes parecían variar a simple vista, lo que achaqué a la ausencia de suficiente luz, lo que estaba enloqueciendo a mis pupilas, además de las radiaciones del cuerpo celeste, extraño todo él, suspendido en el cielo de la Sevilla más profunda y desconocida.

Llegamos a la puerta, una boca negra como el infierno, desdentada y pestilente, en cuyo interior no se veía nada. Nos situamos cada uno a un lado, pendientes de cualquier ruido que pudiera escapar del interior y advertirnos de los movimientos de los ocupantes.

Nada, sólo el silencio de la noche y los ruidos del cenagal.

Nos miramos. Mi compañero me hizo una señal con la cabeza, a la que yo respondí asintiendo en silencio.
Entré como un búfalo, el arma por delante, como tantas veces había entrenado en los cursos y en la soledad de mi piso. Una rápida parada por las paredes desnudas, por la estancia vacía, por el techo desvencijado. Todo era pestilencia a moho y a putrefacción.


Por los suelos, restos de comida cubierta de hongos, gusanos y alguna rata de brillantes ojos oscuros que agitaba el hocico con rapidez, excitadas por nuestra presencia, y que no tardaron en desaparecer en la noche. Botellas vacías. Colillas de canutos y trozos quemados de papel de plata. Incluso alguna jeringuilla oxidada con la promesa del tétanos inscrita en caracteres invisibles sobre su superficie. 

En mitad de la sala, resaltando entre las sombras y las paredes recubiertas de grafitis de letras ilegibles y caracteres ocultistas, se encontraba Vero.

Yacía tendida sobre una desvencijada mesa, con los brazos oscilando en el vacío, el pelo sucio y empapado en el alcohol del charco sobre el que reposaba su cabeza. Botellas con algunos restos de licor, una de ellas tendida de costado, de la que había manado el líquido que sobre el que flotaban los mechones de la mujer.
La mirada opaca, los párpados entreabiertos. Los labios suavemente separados mostrando una hilera de dientes amarillentos y las mellas inconfundibles.

No respiraba.

Habíamos llegado tarde.

–¡Mierda! –maldije, enfocando a mi alrededor.

Entonces mi mirada captó algo: una suave columna de humo que ascendía lenta y penosamente de la cabeza inerte de la drogadicta. Por el olor, inconfundiblemente, era heroína, pero había un aroma mucho más fuerte que llegaba a eclipsarla por momentos.


Mi mente trabajó deprisa: la dosis estaba adulterada. Se la ofrecerían como pago por sus servicios sin saber que estaba firmando voluntariamente su propia sentencia de muerte.

Y, sí había humo, eso quería decir que no hacía mucho que había muerto, con lo que, siguiendo el hilo deductivo de la cosa…

… teníamos todas las papeletas para que el tipo aún se encontrase cerca, quizás escondido en algún rincón de la casa.

Un crujido sonó a mis espaldas. Separé los labios para compartir la información con mi binomio, pero un fuerte impacto nubló mis sentidos y me hizo caer de rodillas. Un segundo golpe, esta vez en la cara, me hizo caer de costado.

Instintivamente, completamente aturdido, busqué colocarme bocarriba para tratar de defenderme, pero no lograba coordinar mis miembros.

Una figura se recortó ante mis ojos. Era alta y de apariencia poderosa, con una cabeza informe de la que salían dos cuernos, o algo similar, como un windigo o un minotauro, pero mis ojos no podían enfocarlo mejor.

Tragué saliva y me dispuse a morir, aunque vendiendo caro mi final.


Aquella cosa se acercó a mí, acrecentándose a cada paso que daba. Entonces una voz proifunda e intensa estalló, retumbando por toda la estancia:

–¡Quieto, o te frío los sesos, pollopera!

Mi compi se había situado a sus espaldas y en diagonal, y lo encañonaba a la sien con su pistola. Quise advertirle de que diera un paso atrás y mantuviera distancia de seguridad, pero fue tarde.

Mi agresor se dio la vuelta tan rápido que no lo vi, y lo siguiente que mis ojos enfocaron fue que estaban forcejeando. Al cabo de un instante, lanzó al viejo policía por encima de su cuerpo, con una proyección de cadera que me pareció de una ejecución perfecta.

Con el cuello dolorido, giré la cabeza en busca de mi pistola. El haz de luz que manaba de la linterna LED me indicó dónde se encontraba y, con un esfuerzo infinito, comencé a reptar hacia ella.

Sin pensar en nada más, la tomé entre mis manos temblorosas y me giró todo lo rápido que fui capaz, buscando a la criatura fantasmagórica, al hombre que nos venía aterrando hasta formar parte de nuestras pesadillas cada noche.

El círculo de luz recorrió la estancia, y descubrí mi error: un tabique que se había confundido con una de las esquinas de la habitación, un trampantojo que me había engañado y que nos podía costar la vida a los dos.
Lo iluminé en el momento en que su mano, armada con la pistola de mi compañero, le apuntaba directamente a la cabeza. Sin vacilar ni un solo instante, disparé de manera instintiva.


Un relámpago iluminó toda la sala durante una fracción de segundo. El cuerpo se le estremeció y trastabilló de lado, dejando caer la pistola al suelo. Torpemente, pero sacudido por una rabia brutal que me confería nuevas fuerzas, logré incorporarme y lanzarme contra él, propinándole un placaje digno del Torneo Cinco Naciones.

Salimos los dos disparados en la dirección de mi trayectoria, cayendo él a un par de metros de mí. Comenzamos a levantarnos y, cuando ya estábamos de rodillas, sus manos asieron con fuerza el brazo con el que sostenía mi arma.

El puño izquierdo describió un arco perfecto en paralelo al suelo que se estrelló contra su mandíbula, lanzándolo hacia detrás. Se revolvió con rapidez sobre el polvo del suelo y salió corriendo a la oscuridad de la noche.


Antes de confundirse en la noche, se giró y me dedicó una mirada cargada de odio. Aquellos ojos brillaron malignos a la luz de la superluna un instante antes de que retornaran las tinieblas, como si el satélite selenita estuviera compinchado con él para ayudarle a escapar.

Alcé el arma, encarando las tinieblas, apuntando en dirección a los lugares de los que creía que surgían los ruidos de pisadas y vegetación quebrándose, pero ni la linterna LED pudo disipar la densa oscuridad que se cernió sobre nosotros.

A mi lado, saliendo de la bruma de mi aturdimiento, apareció la figura de mi compañero que encañonaba la noche con su pistola.

Reparé en que portaba su arma particular, no la reglamentaria.

–¿Has cogido tu pipa, o se la ha llevado él? –le pregunté.

Por toda respuesta, y sin dejar de escrutar las tinieblas con sus ojillos, alzó un poco el arma que tenía en su mano derecha.

–Era esta –explicó–. Lo que pasa es que no conoce esta cacharra. De lo contrario, sabría que, si la coges mal, activas un seguro que tiene y que no te permite efectuar el disparo.

Sonreímos los dos, aliviados.

A nuestras espaldas, el cadáver de Vero se iba enfriando lentamente mientras, procedentes de mil lugares distintos, los tétricos sonidos de las formas de vida que habitaban el meandro iban creando una macabra marcha fúnebre por el alma de aquella infeliz.

Arriba, en las alturas, la superluna se iba difuminando en el eclipse total que la devoraba lentamente, adquiriendo una apariencia inquietante, como una moneda que la Parca estuviera lanzando al aire para decidir por azar los hados del mundo.


 © Copyright 2015 Javier LOBO. Todos los derechos reservados.

martes, 1 de septiembre de 2015

RELATO "LA GRABACIÓN"

Nuevo fragmento, anticipo de futuros trabajos, que os dejo en forma de este relato con su pertinente sugerencia musical.

Espero que lo disfrutéis.

Un saludo.


THE HAT ft. FATHER JOHN MISTY & S.I. ISTWA-

The Angry River (True Detective OST)



LA GRABACIÓN




Lluvia, una lluvia pringosa, fría, que todo lo empapa, que todo lo cala, rodeándonos por doquier. El coche avanza muy lentamente a pesar de que ha puesto el dispositivo luminoso en el techo y tengo encendida la sirena. Los destellos de luz LED azul rompen la oscuridad de la noche, mientras los coches se van haciendo a un lado pesadamente para dejarme paso.



Miguel, a mi lado, se ha encendido uno de sus puritos perfumados con aroma a vainilla, y sigue lanzando intensas soflamas contra todo lo que se le ocurra: jefes, Cuerpo, políticos, sociedad,…

Como un moderno Ramón Gómez de la Serna, nada escapa a su pluma inquisitorial.

–Estos son unos hijos de puta que, como cojan las riendas de este puto cortijito, se lo van a terminar de cargar. Nos vamos a ir al carajo, pero bien idos…

El aviso era muy claro: alguien que ha saltado a las vías del metro. Aparente suicidio. Echar un vistazo al asunto, tomas de declaración, diligencias auxiliares, una montonera de folios para derivar a un juez que diga que no ha lugar más investigación.


Tengo ganas de estar en otro sitio, de regresar a mi cama, de extender mi brazo en la oscuridad y tocar la carne tibia de mi amante, de jugar con sus pezones y sentir la suave calidez de los flujos al pasar las yemas de mis dedos por su vulva…


Pero trabajo es trabajo, siempre es así.

Trabajo es trabajo.

Llegamos a la boca del metro. Vemos los primeros uniformes azul tinta con la leyenda “POLICÍA” en las espaldas de las chaquetillas. Nos saludamos con una sacudida de las cabezas, en silencio. Remolinos de curiosos abandonan las entrañas del monstruo subterráneo mirando de hito en hito por encima del hombro.

No hace ni falta preguntar dónde tenemos que ir: sólo tenemos que ir como buzos en el sentido contrario al de la corriente de curiosos en la que nos encontramos sumergidos.

Una pareja absolutamente disonante: Miguel, cincuentón, al borde de su jubilación, con su poblada barba y sus ojillos de mustélido, observándolo todo con una atención que parece impropia en alguien así, la calva cubierta por una gorra que le da un aspecto de un viejo irlandés de película. Yo, con mis treinta y tantos, enfundado en una ropa deportiva que, en ocasiones, se me queda trabada por la musculatura, con la placa golpeándome rítmicamente, y la capucha ocultando parcialmente mis facciones, más un matón de barrio que el policía que soy.


De fondo, invisible para todo el mundo salvo para nosotros, la espada de Damocles de un jefe que está deseando que metamos la pata, que nos atoremos en un caso, que fallemos en lo más mínimo para poder crucificarnos con un expediente sancionador que podría culminar con la expulsión del Cuerpo si pudiera.

Anhelo volver con mi amante, hacerle el amor como un loco, y alejarme de este pozo negro que es mi vida.

Llegamos a la vía. Un par de vigilantes de seguridad nos saludan con un gesto de cabeza y un tímido “hola” en los labios. Cordones blancos y azules del CNP. Funcionarios del GAC que están acordonando la zona.


Avanzamos a través del cordón y llegamos a la vía. El cuerpo yace despedazado sobre las vías, amputados algunos miembros y trozos del cuerpo. Es una chica joven, no creo que tenga más de veintiún años, pero tiene el rostro tan hinchado que no puedo distinguir bien sus facciones.

Mantiene los ojos abiertos, en esa mirada al infinito que caracteriza a los cuerpos a los que la Parca sorprende tan rápido que no deja ni cerrar los párpados. Sin embargo, el rictus que ha quedado grabado en sus facciones es una mezcla de paz y pavor.

Hay proyecciones de sangre por todas partes. Aparentemente, va indocumentada.

Miguel y yo salimos de las vías y nos dirigimos a los vigilantes. Tenemos que actuar deprisa.

–¿La sala de CCC? –pregunto.

Uno de ellos nos lleva al control de cámaras. Solicitamos ver la grabación. El vigilante busca el momento. Aparece la chica. Esbelta, joven, en plenitud de su vida. Luce una larga trenza que se derrama por su espalda y que ya no es visible, destrozada por las enormes ruedas del vagón y sumergida en un charco de engrudo creado por la sucia mezcla del polvo, su propia sangre y la grasa de los motores de la maquinaria.

Mira mucho hacia detrás, como si buscara a alguien, asustada, intentando evitar una presencia a toda costa.

De pronto se gira hacia uno de los pilares. Es una acción que no dura más de un segundo, pero allí está.

Entonces sale corriendo hacia la vía en el momento en que entra en la estación y pone fin a su vida dando un salto decidido y sin marcha atrás.



Apenas unos segundos más tarde, una silueta difusa aparece por una esquina de la pantalla antes de desaparecer.

–¿Quién eres? –susurro.



Miguel se inclina a mi lado. Sin embargo, siento un frío escalofriante que asciende por mi columna vertebral, y me parece escuchar un suspiro prolongado, un susurro sibilante, y casi me parece soslayar una mano ensangrentada en un cuerpo destrozado que se lleva un dedo embadurnado en humor escarlata a los labios, como pidiéndome silencio.

Como si me pidiera, desde más allá de la muerte, que la deje descansar en paz.



© Copyright 2015 Javier LOBO. Todos los derechos reservados.