lunes, 15 de diciembre de 2014

RELATO "CORRE"

CORRE

El barrio de Santa Cruz en Sevilla es un laberinto de calles que se retuercen y entrecruzan formando un nudo que puede terminar por estrangularte. Los turistas lo ven como un entorno atractivo, seductor y encantador, y razón no les falta: se trata de la antigua judería de Sevilla, y desde casi cualquiera de sus ángulos puedes obtener una buena visión de la Catedral o del Alcázar.

Pero también tiene sus sombras, y son alargadas.

Yo camino ahora entre ellas. Lo tuve todo: dinero, prestigio, mujeres. Fama y éxito, en definitiva. Pero la cocaína devoró mi cerebro y, cuando pensaba que no podía caer más al fondo, me enganché a la heroína. Pasé de ser un hombre a convertirme en un espectro, un pellejo macilento adherido a un puñado de huesos, un hombre de treinta y pocos convertido en un anciano. Un hombre joven convertido en un cadáver tembloroso que mendiga por un céntimo para poder comprarse su próxima dosis.

He cambiado mi despacho en Nervión por las oficinas de las calles oscuras y las esquinas más peligrosas. Ahora he pasado de tener gente a mi servicio a ser yo el machaca, el que le hace los favores a los vendedores de mi veneno a cambio de una plata que poder aspirar.

Llevo el paquete a la hora indicada. Pesa bastante, pero todo en mi estado pesa una barbaridad. Estoy temblando de arriba abajo, mi vista está tan distorsionada que no soy capaz de ver nada correctamente en la suave penumbra del barrio.

Tengo la boca seca y pastosa. Siento cómo mi saliva va formando una pasta densa y espesa que me llena la boca. Mi áspera lengua se pasea en los huecos de las encías donde un día tuve dientes.

¿Cómo he llegado a esto?

Entonces sale de la oscuridad. Es joven, un chico que aún no tiene ni veinte años, con unos pantalones de chándal tres tallas más grandes que él, y una sudadera verde oscuro con capucha llena de pegatinas con los símbolos que le sirven de identidad.

Me apunta con el mentón. Me acerco despacio y le entrego el paquete. Lo mira con detenimiento un instante antes de escondérselo bajo la ropa.

Veo que se está sacando una bolsa de plástico de forma rectangular en la que intuyo los billetes de pago. Ni se me ocurriría en la vida coger uno siquiera. Lo tienen todo muy controlado. Ninguno de estos niñatos se ha terminado la básica siquiera, pero se manejan con la tecnología como nadie, y tienen un conocimiento de las leyes que ni los propios jueces.

Entonces un grito áspero cruza la noche y nos alcanza como un disparo.

"¡Quietos! ¡Policía!"

Joder...

El ritmo cardíaco se dispara en mi pecho. Mis ojos se ciegan. Mi respiración se acelera tanto que me mareo. Escucho al chico maldecirme, llamarme hijoputa, antes de que un dolor ardiente y penetrante me desgarre el torso.

Veo su puño contra mi caja torácica y los borbotones de sangre manando de la herida que la hoja de una navaja ha hecho en mí.

Caigo de rodillas antes de que mi cara bese el frío suelo. En mi mente persiste un pensamiento:

Corre.

Mientras mi visión se nubla y todo se apaga, escucho el forcejeo y las imprecaciones del chico y los policías que terminan con el quejumbroso chirrido de los grilletes al cerrarse sobre sus muñecas.

Un esputo me alcanza en la cara acompañado de otra maldición del camello en la que me acusa de chivato.

De fondo, la Giralda me mira iluminada como un faro en la noche sevillana.




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